El eterno instante de la cruz - David Omar Gallardo

El eterno instante de la cruz

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Un constante silencio recorría aquel cuerpo desgarrado que colgaba de un madero.
Y es que esas horas fueron suficientes para que el condenado recordara una y otra vez la razón de por qué estaba allí.
Su muerte no fue responsabilidad de los romanos, ni de los judíos.
Estaba planificada desde antes de la constitución del planeta tierra y sus cimientos,
desde antes que las pléyades sean extendidas en la vía láctea.
Desde el episodio de la transgresión de Adán y Eva, se anunció su llegada.
El profeta hebreo Daniel vio su entrada a Jerusalén y crucifixión, quinientos años antes, expresando exactamente la fecha de su llegada, y de su muerte.
Fue llevado al matadero, como un cordero, por ello el apóstol Juan lo describe en "Revelaciones" como el cordero inmolado desde el principio del mundo, y el apóstol Pedro aclara que aún antes de la fundación del mundo.

Mientras respiraba el pesado ambiente que se posaba sobre su alma, la sombría noche producida por el eclipse, marcaba un hecho que no sólo era histórico, sino eterno.
En ese momento concurrieron al espectáculo cósmico espíritus de diferentes eras, desde los confines del multiverso, en el cual nuestro universo se vuelve insignificante.
A ver allí, a Dios mismo sufriendo, encarnado en un cuerpo humano, el más insignificante de los seres creados. A ver y ser testigos de aquel acontecimiento inaudito y casi absurdo.

Todo era silencio, y de fondo algunos sollozos de María su madre, su tía, María Magdalena, y su discípulo amado, Juan. Desconsolados, atónitos, desorientados, con el alma quebrada y el cuerpo temblante, sin poder comprender aquel momento, y con la sensación de no poder soportar semejante acontecimiento.

Silencio.

Siempre me pregunté qué pensaba Cristo mientras moría, mientras veía tal escena. Tal vez cantaba, las canciones de cuna de la madre, o recordaba aquella melodía con la que el universo fue creado. Mientras, el tiempo transcurría, y la respiración se volvía más dificultosa.

Lo que nadie podía ver en ese momento, era el movimiento que estaba desatándose en el plano eterno.

Mientras Cristo sufría en la cruz, se estaba ejecutando un plan fuera del tiempo cronológico en el que estamos momentáneamente atrapados, un misterio que sólo puede ser revelado a quien sea favorecido.

En ese momento, Dios estaba ejecutando la sentencia de condena al infiero de todos los hombres y mujeres, pequeños y grandes, de los tiempos pretéritos, presentes y futuros. Estaba ejecutando la sentencia de condena de todos, Dios mismo sufriendo las demandas de la justicia divina sobre su propio ser.

La condena de las desobediencias de los hombres y mujeres, que bebieron del dulce sabor del placer carnal, del poder, de las envidias, del orgullo desmedido, del amor propio sin límites, e incluso de las más insignificantes acciones como las mentiras 'piadosas', fueron todas cargadas sobre los hombros de Dios mismo encarnado en un cuerpo mortal, Jesucristo.

Por ello, llegando al fin de aquel cruel espectáculo, Cristo llegó al último estadio de la justicia divina, que es el abandono eterno. Aquel abandono que Dios hace a quienes deciden darle la espalda voluntariamente. Dios es amor, y un abandono de tal magnitud significa la eterna ausencia del calor del amor, haciendo que el infierno se vuelva un lugar no sólo de inutilidad, sino de completa y absoluta soledad.

Llegando al momento de la muerte, Cristo sufrió la parte de la condena más pesada, más insoportable, aquello que vio en el Huerto del Getsemaní y le provocó un temor que estremeció todo su cuerpo, hasta el punto de hacerlo sangrar de terror.

Finalmente, sufrió lo que todos los hombres y mujeres merecíamos, lo que ningún humano habría podido evitar por su propia condición de pecador.

Cristo en ese instante fue abandonado por Dios Padre.

Estamos frente a un misterio más que inescrutable por los pensadores, teólogos, filósofos.

El abandono por parte de Dios Padre produjo una herida en lo más profundo de Cristo, y por ello con la voz desgarrada exclamó "Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?".

Allí estaba, Dios Hijo en un cuerpo humano, sufriendo el abandono propiciado por la justicia divina, poniéndose en lugar de todos los hombres y mujeres, respirando la soledad eterna, sintiendo el absoluto vacío.

Un segundo de un Dios eterno no es comparable con un segundo de un mortal común y corriente, por ello aquel segundo donde fue abandonado, tuvo el peso de la eternidad misma.

Ya totalmente devastado, pronunció las palabras de cierre de aquella ejecución eterna, "hecho está", y murió.

Al morirse, el eclipse finalizó, un terremoto partió la tierra, rompiendo dentro del Templo de Salomón una tela que separaba el lugar donde estaba la presencia de Dios de la de los hombres.

Luego de tres días, el espíritu que habita en Cristo, resucitó a su cuerpo muerto.

De esta manera, quedó sellado el mensaje de Cristo, la buena noticia -evangelio-, de que todos los hombres y mujeres pueden acercarse a Dios, para recibir este regalo, de que ya no tienen que recibir ninguna condena, ya que Cristo la recibió en la cruz.

El mensaje de que Dios ya abandonó a Jesucristo, para no tener que abandonarte a vos.

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