El apóstol Juan en una de sus cartas sintetizó de manera actual y vigente los tres frentes de batalla del cristiano. Son los frentes donde están las luchas que el creyente tiene que librar día tras día, y por las cuales, sólo en caso de salir vencedor, recibirá recompensas en la eternidad.
Dijo el apóstol: "No amen al mundo -sistema de valores contemporáneo-, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama el mundo, el amor del Padre no está en él", y a continuación enumeró: "Porque todo lo que hay en el mundo, (1) los deseos de la carne, (2) los deseos de los ojos, y (3) la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo", cerrando con la siguiente conclusión: "Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre".
Los tres frentes de batalla del cristiano.
1. Los deseos de la carne.
2. Los deseos de los ojos.
3. La vanagloria de la vida.
El frente de batalla más visible es el primero en la lista, por ello es el que puede ser más fácilmente identificable. Tiene que ver con los vinculados directamente con deseos sexuales o de placer, como comer, o beber, o incluso consumir determinadas drogas. Con Cristo la vara quedó establecida en un punto muy alto, ya que dijo que "el que mira a una mujer para codiciarla, ya pecó con ella en su corazón", quedando por sobre los pecados de fornicación -relaciones sexuales antes del matrimonio- o adulterio -relaciones sexuales fuera del matrimonio-
El segundo, los deseos de los ojos, es un frente de batalla distinto al primero, ya que este está más relacionado con el amor desmedido a la propia buena apariencia estética, y a la codicia de querer alcanzar o tener lo que es considerado valioso por el resto. Queda vinculado al hecho de poseer, poseer para ostentar, y poder mostrarlo.
El tercero, la vanagloria de la vida, tiene una relación estrecha con el éxito. El éxito económico, académico, social, algo que creemos que nos da valor, por el hecho de haberlo alcanzado. Como esta vida es finita, todo lo que alcancemos y que sea valioso para este "mundo", no lo será en la eternidad, razón por la cual si invertimos toda la vida en alcanzar éxitos de este sistema de valores contemporáneo, habremos derrochado la vida al no alcanzar ningún éxito que trascienda a lo eterno.
El elemento común.
Hay un elemento común a los frentes de batalla del cristiano, y ese es la batalla que se libra en lo más íntimo de cada uno, que es la batalla contra la carne, y la batalla contra la propia alma.
El hombre está compuesto por un alma, un cuerpo y un espíritu (1 Tesalonicenses 5.23), y el alma es el centro de los pensamientos, sentimientos y voluntad de cada persona. Allí también anida la carne, que encuentra en el alma del hombre un taller donde reclamar atención.
El alma constantemente se encuentra en la pugna de decidir a quién obedecer, si a la "carne", que es la parte de la naturaleza humana que contradice a Dios y sus mandamientos, con sus propias ideas y criterios, y que no puede ni quiere someterse a Dios; y por otro lado al espíritu, que es la vida de Dios que vive en el cristiano, y que constantemente lo ilumina trayendo convicción de pecado, y guía para las decisiones cotidianas.
Por ello Cristo dijo "El que ama su vida -alma-, la perderá; y el que aborrece su vida -alma- en este mundo, para vida eterna la guardará" (Juan 12.25)
Doblegar el alma, para obedecer al espíritu.
Es por ello que, el cristiano para poder librar efectivamente batalla en cada uno de los frentes, en primer lugar debe doblegar su propia alma, para obedecer al espíritu.
Esto significa que, ante una decisión a tomar, debe decidir doblegar cualquier idea o deseo propio a los pies de lo que enseña Cristo. Un caso gráfico sería decidir entre tomar venganza por una ofensa, o decidir perdonarla y dejarla pasar, entregando la otra mejilla. Amar mi vida, o mi alma, significaría tomar venganza, aborrecer la propia alma significa perdonar la ofensa.
Esto es claramente llevar la propia cruz y seguir a Cristo.
Un papel simple, al tomarlo de un extremo ondea con el impulso de cualquier movimiento. Así es nuestra alma y nuestra carne cuando no están doblegadas ante el control del espíritu, y ante cada deseo que provoca un movimiento, ondean como una hoja débil. Cuando decidimos rendir nuestra alma progresivamente al control del espíritu, vamos con cada vuelta y pliegue, haciendo que esa hoja ondeante e inestable vaya siendo cada vez mas robusta.
Ese proceso lleva toda la vida, hasta que la hoja ondulante, con cada vuelta y pliegue, se transforma en una grulla, y se vuelve estable y robusta, logrando no ser sacudida ni conmovida por cualquier movimiento que padezca, ganando por tanto las batallas que diariamente se libran, y ganando tesoros que serán eternos.

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