I.
Palabras iniciales.
Normalmente
se plantea, en este aniversario de la Reforma Protestante, que es
necesario una "reforma de la reforma", pero paradójicamente
la mayoría de quienes pronuncian ello, no están dispuestos a
revisar las propias tradiciones del movimiento protestante, o también
en nuestro país denominado evangélico.
Para definir tradición, podemos afirmar que la misma es la "comunión con los antepasados", entrañando ello una cuestión afectiva, de lealtad y de responsabilidad por sostener lo alcanzado.
En
la práctica de la fe cristiana en el seno de la iglesia, se comienza
a conjugar entonces la autoridad de lo que enseñó Cristo, frente a
la autoridad de la práctica transmitida mediante las tradiciones.
Un
razonamiento propio del ámbito protestante es que, si determinada
práctica fue sostenida por reconocidos hombres y mujeres, toman a todas sus
prácticas como indiscutibles o como dogmas que no pueden ser
analizados. Eso se llama tradición.
Previo
a entrar de lleno en el tema, cabe repasar los cuatro enunciados de
la reforma, que básicamente expresan que una persona es salvada sólo
por la gracia (la salvación eterna no es el resultado que alguien
pueda alcanzar a merecer por su comportamiento, sino que es un regalo
del creador), sólo por la fe (sin tener que cumplir la ley judía,
como la circuncisión o los holocaustos), sólo por la escritura (el
mensaje se encuentra completo en lo enseñado por Cristo y sus
apóstoles directos), y sólo Cristo (ya que es el único intermediario entre Dios Padre y los
hombres).
II.
Una tradición mal transmitida.
En
la actualidad una práctica muy arraigada en las iglesias evangélicas
o protestantes es la del diezmo. Quienes enseñan dicha doctrina lo
hacen de manera automática en virtud de lo que les fue enseñado,
muchas veces de buena fe.
El
diezmo es un mandato perteneciente a la ley judía. Y quienes
argumentan que fue practicada por Abraham antes de la llegada de la
ley, hay que aclarar que cuando la Biblia se refiere a “la ley y
los profetas” incluye al pentateuco, es decir los primeros cinco
libros, donde está escrita la historia de Abraham.
Antes
de la ley mosaica Abraham también hacía distinción entre animales
puros e impuros, además practicaba la circunsión, la ofrenda de
corderitos o animales, la construcción de altares, etc.
Es
decir, que si seguimos el ejemplo de Abraham, deberíamos también
practicar tales cosas.
En
verdad, el cristiano no tiene que practicar tales cosas, porque
pertenecen al antiguo pacto (antiguo testamento), y quienes confían
en Cristo pertenecen a un pacto nuevo (nuevo testamento), sellado con
la sangre de Cristo mismo (el cordero provisto por Dios), que no
“tapó” nuestros pecados, sino que sufrió en carne propia
nuestra condena al infierno.
Es
por ello que el sacrificio de Cristo en la cruz, satisfizo la
justicia de Dios, y el cristiano de esta manera fue “redimido”,
es decir que fueron resueltos sus pecados del pasado, del presente, y
del futuro, ya que Cristo “con una sola ofrenda hizo perfectos para
siempre a los santificados”.
De esta manera el cristiano pertenece a un nuevo sacerdocio, donde
Cristo mismo es el principal sacerdote, y todos los creyentes son a
su vez sacerdotes (1 Pedro 2.9).
A su vez todos los creyentes son templo del espíritu santo, a
diferencia del antiguo pacto, donde la presencia de Dios estaba sólo
en la sala denominada el lugar santísimo, y además en
algunos profetas y elegidos.
Es por ello que el cristiano no pertenece al sacerdocio instituido en
el antiguo testamento, donde sólo los sacerdotes se comunicaban con
Dios, por su cercanía al lugar santísimo, y tenían a un grupo de
personas denominadas levitas que les servían constantemente.
La función del diezmo era entonces sostener a este sacerdocio del
antiguo testamento, y el mismo se realizaba de forma anual, y en especies. Es decir se
volcaban las semillas en un depósito denominado alfolí, para que se alimenten los
sacerdotes y levitas del antiguo pacto.
Es por ello que el reclamo por no entregar sus diezmos que se lee en
Malaquías está dirigido al pueblo de Israel, y no a los cristianos,
porque en el antiguo testamento no diezmar implicaba que el templo se
encontrara sin personal, y si no había personal no había
posibilidad de realizar ofrendas para “tapar” los pecados.
III. Qué es lo que enseña la biblia sobre la mayordomía del
cristiano.
En cuanto al cristiano, si bien la biblia no enseña que diezme, sí enseña explícitamente que ofrende, de manera voluntaria, para sostener a quien
sirve enseñando la palabra, y para los hermanos necesitados, especialmente los huérfanos y las viudas.
La regla es la siguiente: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” 2 Corintios 9.7.
La práctica del diezmo, en la actualidad tiene un resorte
esencialmente egoísta. Porque quien lo hace -mal enseñado-, se
encuentra obligado a hacerlo para tener prosperidad, o en el peor de
los casos para que Dios no lo maldiga en sus finanzas o su salud.
Vemos entonces que el resultado de la mala enseñanza es una actitud
reticente hacia la necesidad del otro, motivando dicha práctica definitivamente en una necesidad personal.
La enseñanza para la iglesia en todo el capítulo de la carta a los
Corintios, habla de que cada uno dé como propuso en su corazón, sin
mencionar un porcentaje, ni una cantidad o especie, y que quien lo
haga, dé con alegría.
Es así como se pone de relieve que en la errada práctica del diezmo
la motivación es un interés personal, el de ser prosperado, o
mínimamente evitar ser maldecido (cabe mencionar que Cristo llevó
en la cruz todas las maldiciones que pesarían sobre nosotros por no
cumplir la ley); y en la práctica de la ofrenda enseñada a la
iglesia, la motivación es bendecir al hermano, ya sea a quien lleva
adelante un ministerio, o a quien está padeciendo necesidad.
En la práctica del diezmo, el individuo lo hace mirando hacia arriba
para salvarse a sí mismo; en la práctica de la ofrenda
del nuevo testamento, el cristiano lo hace mirando hacia el costado, para ayudar al hermano que padece alguna necesidad y a aquel
que se dedica a pastorear y enseñar el evangelio.
“Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia,
a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente…
para que estén enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual
produce por medio de nosotros acción de gracias a Dios” (2
Corintios 9.8 y 9.11)
Esta liberalidad a la que se refiere fue practicada por la iglesia
primitiva, tanto que vendían algunas de sus propiedades para
distribuirlas entre los necesitados.
La correcta enseñanza de la ofrenda, dejando en claro que el mandato del diezmo no es para el cristiano, convertiría a nuestras iglesias en casas de oración, y muchas dejarían de ser casas de mercado.
Es oportuno mencionar lo que le dijo el Apóstol Pedro a la pareja de
Ananías y Zafira: “¿si se quedaban con el precio de lo vendido,
no sería de ustedes?”. Ellos habían vendido una propiedad, y para
aparentar ser dadivosos mintieron entregando sólo una parte de lo
vendido, diciendo que era todo. Pedro les dijo con su pregunta, que
no había necesidad de mentir, ya que ese dinero era suyo y podían
disponer como quisiesen del mismo.
“… no sería de ustedes?”, una pregunta retórica hecha por
Pedro a la pareja, ya que el creyente no tiene ninguna obligación de
cumplir con la ley del diezmo, y algunos la mal denominan “principio”
-como si existiese también una práctica del “principio de la
circuncisión”-.
Finalmente, quienes quieran seguir practicando el diezmo para
“merecer” la bendición de Dios, sepan que Dios ya nos bendijo a
través de Cristo “con toda bendición espiritual en los lugares
celestiales” (Efesios 1.3), que por las obras de la ley nadie será
justificado (Gálatas 2-16), y que asimismo quienes quieran guardar
aunque sea una letra de la ley se verían obligados a guardar toda la
ley, teniendo presente la advertencia del apóstol Pablo: “De
Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis, de la
gracia habéis caído” (Gálatas 5.4).

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