Cuando el caudillo brasileño Adhemar de Barros, que gravitó decisivamente en San Pablo durante los años cincuenta y sesenta, lanzó el slogan “Rouba mas faz”, “roba pero hace”, tocó el nervio de un problema central: la imagen pública de los políticos. Como resulta del slogan de barros, esa imagen consta de dos elementos. “Roba” tiene que ver con la inmoralidad de los políticos. “Hace” se vincula con el segundo elemento: su eficacia o ineficacia.
Si ordenamos el juego de alternativas que surge de la interacción entre el nivel de moralidad y el nivel de eficacia que el público atribuye a los políticos, resultan, como en la Divina Comedia, diversos círculos que van de lo perfecto a lo condenable. Más pobre que la imaginación de Dante, empero, la política nos ofrece sólo cuatro círculos para ubicar en alguno de ellos a los políticos según la imagen que ofrecen al público.
En el paraíso hay un único círculo. En él se alojan los políticos de quienes podrían proclamar: “No roba pero hace”. Honestos y eficaces. En la otra punta del cuadro figura el único círculo del infierno: “Roba pero no hace”. La unión espuria entre la inmoralidad y la ineficacia.
El purgatorio consta de dos círculos. En uno de ellos están los políticos de quienes se cree que “roban pero hacen”. Son inmorales pero eficaces. En el otro figuran los políticos que “no roban pero no hacen”: honestos pero ineficaces. El purgatorio es más complicado que el cielo y el infierno, no sólo porque contiene dos círculos en vez de uno sino también porque las preferencias del público se mueven cíclicamente entre ellos. Después de haber sido sometido a un tiempo de “robo eficaz”, el pueblo añora la moralidad ausente. Pero si la “moralidad ineficaz” se prolonga demasiado, añora la eficacia aunque haya sido inmoral.
Si tomamos “roba” en su sentido más amplio, de modo tal que incluya no sólo a aquellos políticos que efectivamente se llevan “sobres” al bolsillo sino también a quienes no gozan de una alta reputación moral por razones ajenas al desvío de fondos en provecho propio, las oscilaciones cíclicas del público entre los dos círculos del purgatorio son fáciles de comprobar.
Tomemos, por ejemplo, la historia reciente de los Estados Unidos. Richard Nixon, que gobernó entre 1969 y 1974, fue uno de sus políticos más capaces. Pero también tenía fama de “politiquero”, no porque fuera deshonesto en lo personal sino porque era fecundo en triquiñuelas. Por algo le decían Tricky Dicky, “Dick el tramposo”. Cuando estalló el escándalo de Watergate que acabaría con su presidencia, la gente buscó como alternativa a ese santo de la política que se llamaba James Carter. Un santo ineficaz. Cuando Carter fue derrotado en 1980 por Ronald Reagan, los norteamericanos ascendieron por un tiempo al paraíso porque encontraron un presidente cuyo legado era moralmente inobjetable que los conduciría, además, con mano firme durante ocho años.
El ciclo Nixon-Carter se repitió en cierta forma después. George Bush, el sucesor de Reagan, era un impecable caballero a quien le tocó presidir una honda recesión. Perdió la reelección a manos de Bill Clinton, de quien no puede decirse que los norteamericanos tengan una imagen moralmente positiva y al que votaron sin embargo dos veces, en 1992 y 1996, porque los condujo a la euforia económica más larga del siglo XX. Es bastante “politiquero”, se le objetaban manejos financieros, se enredó con Mónica Lewinsky y mintió a causa de ella, pero “hizo”.
Puesto entre los dos cículos del purgatorio, cuando el cielo no está a su alcance, el pueblo oscila entre el pragmático cinismo del aplauso a los que “roban pero hacen” yla indignación principista que lo atrae hacia quienes “no roban pero no hacen”.
El viaje entre estos dos círculos dantescos de la política también ha ocurrido entre nosotros. Altamente estimable como persona, Alfonsín resultó peligrosamente ineficaz como gobernante. De este círculo del purgatorio el pueblo pasó en 1989 al opuesto, al de Adhemar de Barros o Clinton, cuando apoyó a allguien como Carlos Menem, que nunca se preocupó por exhibir una imagen puritana pero derrotó la inflación y lanzó al país a una década de crecimiento económico sin precedentes desde los años veinte.
Hacia fines de la década del noventa, sin embrago, si de un lado la baja nota moral del menemismo contunuaba, su imagen de eficacia se desmoronó en medio de la recesión, acercando al presidente que más años consecutivos nos gobernó en la hisotria al borde del círculo infernal.
De la Rúa y Álvarez adherían claramente a la imagen del “no roba”. Y hasta podría decirse que los argentinos estaban dispuestos a tolerarle al gobierno de la Alianza un liderazgo inferior en eficacia al del Menem a cambio de lo que más necesitaban en ese momento: la contraofensiva moral. En 1999 el pueblo estaba dispuesto a crecer económicamente, si fuera preciso, al 2, 3 o 4 por ciento anual en vez del 6 por ciento de 1991-1999, si esa lentitud era el precio de la transparencia.
Véase entonces el riesgo en que se sumió a la Alianza el escándalo de los “sobres”. Ella fue elegida precisamente para hacernos pasar del purgatorio del “roba pero hace” al purgatorio del “no roba pero no hace”, con la secreta esperanza de que, si se le daba el tiempo suficiente, quizá podría darnos un día el cielo de un Reagan, sumando la eficiencia a la moralidad.
Tomado del libro "La Realidad" de Mariano Grondona.
Los dos círculos del purgatorio
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Abogado. Aprendiz de piano. Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina.

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